El Sermón de la montaña es como una quintaesencia del Evangelio: las ocho Bienaventuranzas, carta magna de lo cristiano; el amor al prójimo -más aún, al enemigo- como cumplimiento y superación de la Ley, y la invitación a ser perfectos como el Padre en ese amor; la oración del Padre Nuestro, que nos enseña el mismo Señor, y la despreocupación por el alimento y el vestido, propia de los hijos de Quien viste los lirios del campo y nutre a las aves del cielo; la vida que da buen fruto y no se tambalea en las tormentas porque se funda en la roca de las palabras del Señor. Estas palabras, que no pasarán, las pronuncia Jesús en el monte frente a la multitud, y las muestra plenamente con su vida, muerte y resurrección. El comentario de Adrienne von Speyr las escucha con atención reverente, pues «cada una de ellas es una palabra del amor infinito».